SMOKING

 ¿Qué no duele el corazón? Vaya que sí. Es un dolor lacerante, que te oprime el pecho y apenas puedes respirar, claro que duele y mucho.

Karen lo sabía bien, su vida no había sido fácil, sin el amor de su vida y con su hijo en contra, intentaba continuar viviendo. El día a día resultaba insoportable, pero la noche aún era peor. Con insomnio, sin apetito, con cansancio extremo, en resumen sin ganas de vivir.

Pensó en la muerte como algo recurrente, que incluso solucionaría su problema, la autoestima por los suelos y esa caja de pastillas tan a mano.

Entre ese dolor y soledad, una tarde de Septiembre, agradable, soleada, bajó al parque, con el sol acariciando sus mejillas comenzó a sentirse bien, a pensar lo hermoso del mundo, el sol, los árboles, los pájaros. En aquel banco de madera, por primera ves en mucho tiempo, se sintió feliz. El corazón dejó de doler y pensó en ella.

Cuando oyó unos sonidos, una especie de llanto de bebé, se levantó y buscó el origen de esos lamentos. Tras la fuente encontró a un gato, acurrucado, negro y blanco, como con traje, sollozaba con una patita herida, el maullido conmovió a Karen, lo recogió, envuelto en su chaqueta y se lo subió a casa.

Tras darle agua, algo de jamón de la nevera y curar su patita, el animal se quedó dormido. Ella pensó que siempre había alguien peor que ella, ahora tenía una responsabilidad, cuidar de Smoking, alguien la seguía necesitando, esos ojitos verdes la miraban con tanto amor, tanto agradecimiento que aquella tarde no la olvidaría jamás.

El animal se adaptó perfectamente a su nueva casa, acompañaba a Karen cuando teletrabajaba, cuando echaban la siesta juntos, cuando lloraba...

Tal vez vino a recomponer su vida, ellos se entendían a las mil maravillas, el cariño del hijo perdido, ese hueco en el alma, lo llenó de pelos y maullidos, de mimos y juegos. Les unió una amistad tan grande, que poco a poco ella iba recomponiendo los pedazos, en que la vida había convertido a su corazón.

Karen no era una amante de los animales, no le gustaban, hasta que conoció al viejo Smoking. Los dos se necesitaban mutuamente, se entendían con solo mirarse y ayudó a su dueña, a su humana a recuperarse totalmente de la depresión que no le dejaba vivir.

Siempre hay una razón, siempre un sentimiento, una ilusión. No hay mal que cien años dure. entabló una buena amistad con el veterinario, quien sabe si una relación, pero este animal vino para curar a su ama y no al contrario.

María José Martínez Rabadán

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