MATAR O MORIR.
El humo que desprendía el arma, llenaba la estancia, todo parecía lejano como una de esas pesadillas que solía tener, esas que me despertaban en mitad de la noche, sudorosa y temblando.
Miraba mis manos, ejecutoras, firmes, de veras ¿eran mis manos?. El cuerpo inerte de mi marido yacía en el suelo, ya no se movía, ya no me gritaba. Sus manos que antaño abofeteaban mi cara sin piedad, ya no se mueven, ya no me agraden sin piedad, sus piernas en una posición grotesca, ya no me dan patadas, ya no pisotean mi cara, mi cabeza...
Y ahora, ¿Qué hago?, debería llamar a la policía, pero entonces mi recién llegada libertad, desparecería para siempre, todo esto no hubiera servido de nada y mis hijos me perderían a mi también.
Tengo que pensar, estoy confusa, tapo el cuerpo de la bestia con el mantel de la mesa, me siento en su butaca favorita, con un vaso de su whisky y poco a poco me quedo dormida, estaba agotada, las palizas me dejaban tan dolorida que no conseguía dormir. Y lo veo con claridad, tengo que subir el cuerpo en la vieja furgoneta, taparlo con plásticos para no manchar la sangre, deshacerme de la vieja pistola de mi padre, que siempre me advirtió que algún día necesitaría, al ver mi cara siempre amoratada.
Mi padre, cuanto me ha querido, en su silla de ruedas, solo deseaba pagarle con la misma medicina, una buena paliza, que le recordara que tengo quien me defienda. En una de esas discusiones, mi marido empujó a mi padre y cayó al suelo, incapaz de incorporarse sin ayuda, el desgraciado reía al verlo tan indefenso.
Pero todo esto terminó, ya no habrá más dolor, más golpes, aunque el precio sea convertirme en una asesina, tengo que pensar en mis hijos, los dejé casa de una amiga. Voy a hacer lo que mi padre me contó que haría.
Lo rengo todo en mi cabeza, minuciosamente estudiado, papá ayúdame !! Envuelvo el cuerpo en un plástico grande, de esos enrollables, así la sangre deja de mancharlo todo. Limpio la habitación con lejía esperando no dejar rastro de nada.
Ahora lo más difícil, bajar el cuerpo al garaje, para ello me ayudo del carro del bebé, es muy pesado pero aguanta con la carga.
A estas horas es fácil no encontrarse con ningún vecino. Lo llevo hasta la parte trasera de la furgo y empujo, conseguido ha caído igual que una peonza. Nunca pensé que resultara tan fácil. Arranco y salgo del garaje, dirección el pantano.
Un fuerte ruido me sobresaltó, estaba en la cama, ¿soñando?. Todo era un maldito sueño, él entraba en la casa, borracho y con ganas de liarla. Me hice la dormida, cuando su enorme mano me agarró del brazo y me tiró sobre la alfombra del dormitorio, - puta, zorra, levanta y atiende a tu marido-
El primer puñetazo me dio en el oído, los niños asustados lloraban en la habitación, antes que les pudiera pegar, a ellos también, logré sacarlos por el balcón a casa de la vecina que estaba preparada para cogerles.
Llamaron a la policía, pero antes que llegaran, conseguí coger la plancha y darle en la cabeza con todas mis fuerzas. Ya está dejó de gritar, dejó de insultar, dejó de pegar.
El desenlace fue el mismo que en mi sueño, solo que ahora tenía el atenuante de legítima defensa. Desde en centro de recuperación donde me encuentro, intento ayudar a mujeres en mi misma situación. Matar o morir. Yo me defendí, pero cuantas mujeres no logran sobrevivir a estos monstruos, cuantos niños se quedan en el camino por violencia vicaria.
La moraleja de esta historia, es siempre llamar a la policía, acudir a los jueces, pero cuando la muerte nos mira de frente, siempre proteger a nuestros hijos y vivir.
Comentarios
Publicar un comentario