HUELLAS EN MI CUERPO.

 El viernes, como siempre, quedamos en el pub debajo de casa. Todos juntos, delante de una buena cerveza fría, con su espuma, el placer del final de la semana. quedamos todos porque teníamos previsto, desde hace meses, un fin de semana en la cabaña de Karen. Menuda ilusión, en el campo, nuestra paellita, carne asada y cerveza, que mejor plan.

El sábado a las siete de la mañana en la gasolinera. Cogimos hielo y para la montaña. Luis y Cesar conducían, nosotras descansamos de coche por esta vez. Tras un par de horas de viaje, llegamos a destino.

Era un lugar encantador, la típica cabaña de madera, heredada de sus abuelos, encantadora y con calor de hogar. Toda rodeada de pinos, con lo cual el calor lo manteníamos a raya.

Preparamos leña, y nuestra primera comida juntos, tanto tiempo sin vernos. Karen, Emilia, Luis y Cesar y yo. Amigos desde el instituto, juntos durante la carrera, con nuestras lagunas, continuamos siendo los de siempre.

La comida salió divina, la paella en las brasas es un lujo, y yo, como siempre, la mejor cocinera. La sobremesa entre el café y la tarta de queso de Emilia, dio paso a unos minutos de siesta maravillosa.

Habíamos repartido las habitaciones, yo me quedé en el sofá del salón, junto al fuego, las habitaciones cerradas me producen una ansiedad, que desde niña me acompaña. Las copas, las cartas, las risas....El sueño empezó a aparecer y algunos se retiraron a sus cuartos, ya que el domingo queríamos madrugar para ir a pescar al lago.

Ya la casa en silencio, me puse mi pijama y acomodé la mantita por si refrescaba de madrugada. El viento azotabas las copas de los árboles con ese silbido sibilino que asusta. No le di más importancia, pero se fue la luz, todo en penumbra, el fuego comenzaba a apagarse y las sombras irrumpieron en el saloncito, como guerreros de una batalla.

Mi cuerpo temblaba, creo que tengo fiebre, los escalofríos se adueñaron de mi cuerpo, quería gritar, no podía, no emitía sonido alguno, recuerdo mi garganta atrapada en el silencio. Algo no va bien, las sombras se fueron acercando a mi, amenazadoras, pero, curioso, el miedo comienza a desaparecer, hay algo placentero, no lo identifico. Mis pantalones de pijama se escurren por mis piernas, algo me está rozando, mis muslos, mi pubis.....

Solo recuerdo que gritaba de placer, nunca había sentido algo parecido, ni tan siquiera con Luis cuando fuimos pareja....El climas absoluto. Desperté empapada en sudor, con la respiración agitada, ¿solo había sido un sueño? Me dirigí al cuarto de baño, no llevaba las braguitas puestas, y en mis muslos aparecían una especie de moratones, como huellas de dedos.

Cuando mis compañeros salieron de sus habitaciones, comentamos lo bien que se duerme sin el ruido de la ciudad, yo cogí a Karen del brazo y con nuestra taza de café en mano, la invité a salir fuera y hablar con ella. No le iba a contar mi experiencia sexual de la noche anterior, pero si indagar sobre el pasado de la cabaña y sus moradores.

Ella me confesó que durante la guerra, había servido de refugio para los exiliados, camino de la frontera con Francia, pero que los descubrieron y asesinaron sin piedad a los que allí se escondían. Entre ellos su abuelo Isaías, un rebelde muy atractivo y mujeriego, el dueño del refugio y la persona que ayudaba a cruzar la frontera.

Fue fusilado allí mismo, cuando yacía en la cama con la abuela de Karen. ¿Será posible que me haya hecho el amor, el fantasma del abuelo de mi amiga? No puedo creerlo, pero lo que sí es seguro que algo pasó y que mi cuerpo tiene las señales. Seré yo la reencarnación de la abuela? La pareja del revolucionario. Tengo que seguir investigando.

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