AQUELLA MOTO ME PERDIÓ.
Ella miraba a través de la ventana. Sus ojos tristes, llorosos, perdidos en sus recuerdos....
María contaba ya con las arrugas que el tiempo y la vida, habían formado, como surcos que el labrador trabaja en sus tierras. Sólo que ella no había elegido la vida que le tocó vivir.
Una señorita bien, con una buena educación, una familia acomodada. Los padres cariñosos con ella, daban vía a todos sus caprichos, no sin poner límites a una señorita de su clase.
María acudía, como cada día, al colegio Siervas de San José, vamos las Josefinas de toda la vida en Cuenca. Era extrovertida y hacía amigas enseguida. Un poco líder de su grupo, era buena estudiante, muy habladora, y con una alegría innata que contagiaba a las demás.
Así trascurrían sus días, entre caballos, clases de inglés y viajes por toda España con sus padres y hermanos, siempre a los mejores hoteles.
Pero, como el destino, es caprichoso, conoció a Jaime. Un chico mayor que ella, muy espabilado, con moto y guapísimo. Salía de clase, con su uniforme marrón y calcetines cortos con los castellanos, que hacían de María una muñequita total. Pelo largo rubio y una cinta en el pelo marrón como su uniforme.
Jaime en su moto nueva, merodeaba por las inmediaciones de la salida del colegio. La vio de lejos, con sus andares tan armoniosos, que pareciera una modelo de esas que salen en las revistas. Quedó hipnotizado al momento. Como una niña de dieciséis años podía ser tan bonita. Paró la moto y se dirigió a ella - Eh tú pija acércate, quiero hablar contigo-
María con la cabeza bien alta, contestó- Acércate tú, será idiota-
Y pasó de largo. Ese fue el detonante que Jaime necesitaba para enamorase perdidamente de María. Alguien que se permitía el lujo de ignorarlo, a él, que ninguna chica se resistía a sus encantos. Dañó su ego y acrecentó el interés por la niña de las Josefinas.
Volvieron a coincidir en el Parque de San Julián, allí se reunían los jóvenes los sábados por la tarde. Volvió a pasar con su moto, deslumbrando a todas las chicas allí reunidas. Las más atrevidas se acercaban a darle dos besos y probar suerte, por si las invitaba a dar una vuelta con su moto. Todas menos María.
El la miraba fijamente, hasta que ella también lo miró. Electricidad pura entre ellos, ahora que María también cayó rendida a sus pies. El le hizo un gesto para que se acercara y como una autómata lo hizo.
Ese fue el principio del fin, quedaban a escondidas de sus padres, viajaban con la moto y hacían el amor, al abrigo de alguna arboleda. Completamente enamorados, su primer chico, su primera experiencia sexual, ella no podía creer lo que estaba viviendo. Se sentía la mujer más afortunada del mundo.
Jaime comenzó a introducirla en el mundo de las drogas. De clase humilde, vivía de una manera, muy por encima de sus posibilidades. Con la polícia en los talones y al margen de la ley, cosa que María le pareció de película. Pobre tonta, se estaba metiendo en la boca del lobo, sin darse cuenta.
Sus amigas comenzaron a dejarla de lado, de tosas era conocida la fama de Jaime, mejor dicho, la mala fama. En el colegio se enteraron de dicha relación, hablaron con ella para que recapacitara, pero fue inútil. Profundamente enamorada no atendía a razones. Las monjas la amenazaron con hablar con sus padres. Ella completamente ciega, preparó sus cosas y se marchó de casa con Jaime.
Hasta que en una redada de la policía, cuando irrumpieron en le apartamento que compartían, Jaime escapó por la ventana, dejando a María con todo el marrón. Había droga con lo cual fue detenida. En comisaría y al ser menor de edad, avisaron a los padres. Fue un momento tan duro, que María fue trasladada a un centro de menores.
Sus padres intentaban abrirle los ojos, que era un cobarde y la había dejado sola con drogas en el apartamento. Seguía ciega y muerta de amor por él. Siempre pensó que vendría por ella. Pasaban los días con sus noches y eso nunca sucedió.
Al cabo de los años, ya casada con un chico de buena familia, supo por unos amigos de aquella época, que Jaime falleció en un accidente. Su moto chocó con el quitamiedos de la carretera, con tan mala fortuna que le seccionó el cuello, muerto en el acto. En su brazo derecho un tatuaje, la cara de María y debajo esta frase: "Siempre te amaré".
Han pasado los años, rehízo su vida, tuvo hijos, pero jamás olvidará el amor por Jaime, cuando su marido le pregunta- Que te pasa ? te veo triste. -Ella siempre contesta, la vida, sólo es la vida.
MARÍA JOSÉ MARTÍNEZ RABADÁN.
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