TRES ERAN TRES LAS HIJAS DE ELENA, LAS HERMANAS LEDESMA.

 El padre Don Juan Ledesma, próspero empresario en los años sesenta, se hizo a sí mismo. Emigró como tantos otros de la época, de su pueblo natal en la provincia de Cuenca, a Madrid para buscar fortuna. Comenzó trabajando en lo que salía, sin grandes pretensiones, hasta que un día se fijó en un mercedes imponente, negro, que aparcó frente a la fábrica de gaseosas, donde trabajaba, con dos bellísimas mujeres dentro, salieron del auto y Juan percibió el aroma a perfume, esos rostros blancos nacarados, cabellos rubios bien peinados, con una figura perfecta, nunca había visto mujeres así, solo en las películas que los domingos iba a ver con sus compañeros de pensión. Pensión Doña Paquita, una casa acogedora, llena de trabajadores como Juan, la comida era casera, decente y al menos estaba caliente. Doña Paquita, una mujer entrada en años y en carnes, era la sombra de lo que debió ser en su día, una mujer de revista, cabaretera y que por sus rasgos se adivinaba una mujer de armas tomar. Así pasaba sus días Juan Ledesma, todavía no había adquirido el derecho a que le llamaran Don Juan, entre gaseosa, obras, polvo, cine y la pensión. Pero no podía dejar de pensar en aquellas dos mujeres del cochazo negro, que tan profunda huella dejaron en sus pensamientos. Hizo preguntas en el trabajo hasta que supo que eran las dos hijas del patrón, Maribel y Elena, que iban a recoger a su padre Don Matías a la oficina para ir al Retiro. Las hijas de Don Matías no tenían madre, murió en el parto al dar a luz a Elena, la pequeña. Dicen que era una mujer bellísima, de origen escandinavo, de ahí que las niñas fueran rubias. Criadas por una tía, hermana de su padre, soltera y tan estricta, que resultaba imposible que algún chico se pudiera acercar a ellas. Iban cada mañana a un colegio religioso, solo para señoritas, ambas de uniforme, y a clases de piano. Juan intentaba acercarse a ellas, donde únicamente tenía una posibilidad de abordarlas, en la calle cuando regresaban a su casa. Se interpuso en el camino y les dijo: - Buenas tardes señoritas, yo les conozco, trabajo en la fábrica de su padre en la calle Princesa Ellas lo miraron de arriba abajo, y con una mueca de desdén contestó Maribel: - - Disculpe, no acostumbramos a hablar con extraños. Perdón, me presento soy Juan Ledesma, primer oficial de la empresa de su padre.

 Las miradas entre Juan y Elena se cruzaron con tanta intensidad, que saltaban chispas entre los dos. Maribel que se dio cuenta de la situación, le dio un codazo a su hermana y la agarró para marcharse a casa. Se despidieron del joven y siguieron su camino. Elena volvió la cara y allí estaba, alto guapo, mirándola con descaro. Se las ingeniaron para ir viéndose, a escondidas, pero Madrid es tan grande, que en cualquier parque pasaban desapercibidos, como una de tantas parejas que frecuentaban El Retiro. Sus besos eran tan apasionados, tan deseados que ardían sus rostros casi febriles de tanto deseo. Su hermana mayor tuvo sospechas desde el principio y una tarde del mes de Mayo siguió a su hermana hasta el lugar de encuentro con Juan. Herida y rabiosa, yo creo que también algo envidiosa, pues Maribel era menos agraciada que Elena, fue directa a contarlo a su tía. Esta hizo lo propio y fue directa a las oficinas de Don Matías y le contó todo. Tragedia en casa, cuando Elena volvió de su romántico paseo, se armó la gorda. La castigaron y le prohibieron salir sola a la calle. Su vida se reducía a las clases en el colegio, misa y poco más. Con la ayuda de la chica que servía en su casa, Luisa, le hizo llegar una carta a Juan: “Amado mío, mi padre se ha enterado de lo nuestro, mi hermana Maribel, que envidiosa, me siguió y nos vio juntos, Juan cuanto lo siento, creo que mi padre te va a despedir. No puedo vivir sin ti, los días no tienen sentido, las noches larguísimas pensando en cómo podría verte, cariño añoro tus besos, tus caricias, tu cuerpo apretando el mío, prefiero mil veces estar muerta que no volver a verte. Me iría contigo al fin del mundo.” Con cariño Elena. Te quiero. Pasaban los días y la espera se hacía interminable, Elena enfermó, a penas comía y su salud se vio resentida de tanta pena, en una visita al médico y mientras su tía se quedó en la consulta hablando con Don Carlos, se escapó. Salió corriendo escaleras abajo y sin mirar atrás se fue en busca de Juan, acudió a la pensión donde vivía y lo encontró, tendido en la cama con la misma tristeza que su amada y sin trabajo. El reencuentro entre ambos fue tal, que los besos y caricias se multiplicaban a miles, tanta fogosidad hizo que se desnudaran el uno al otro e hicieran el amor sin pensar en nadie, solo sus cuerpos fundidos en uno, para ella era la primera vez, pero no le importó, Juan fue tremendamente cuidadoso y cuando lo tuvo  dentro la felicidad inundó a ambos, el mundo les pertenecía, ya nada ni nadie volvería a separarlos.

 Pasaron juntos la noche, y ahí comenzó lo que en unos años sería la familia Ledesma. Ni que decir tiene que la familia de Elena, montó en cólera, salieron en su busca, sin dar parte a las autoridades, ya que temían el escándalo, pero no dieron con ellos. Al alba hicieron la maleta de Juan, Elena claro no tenía más que lo que llevaba puesto, cogieron unos duros que tenía ahorrado y escondido en el colchón y se fueron a la estación de Chamartín. El primer tren que salía era para Sevilla, este mismo les sirvió para huir y comenzar una nueva vida. En Sevilla buscaron una pensión baratita, donde Elena pudo asearse mientras Juan iba de obra en obra, buscando trabajo. Consiguieron salir adelante, y en nueve meses llegó al mundo la primera de sus hijas, Clara, una niña sana y rubita como su madre. No fue fácil comenzar una vida nueva en Sevilla, mucho trabajo y estrecheces que Elena nunca había sufrido en su vida, pero el amor que se tenían era tan grande, que cualquier contrariedad la superaban sin dificultad alguna. Elena escribió a su casa, contando que estaba con Juan, que era feliz y que había nacido Clara, no tuvo contestación. Y así transcurrieron los años, con la llegada de la segunda niña, Alba y la tercera, ya que fueron mellizas, Rocío, cuidando de las niñas y Juan trabajando llegó a ser el encargado de una prestigiosa empresa de construcciones. Una mañana, el jefe de Juan le llamó a su despacho, tenía una proposición que hacerle:

 - Estimado Juan, estoy pensando en coger una obra muy importante en Madrid – me gustaría que fueras tú quien la dirigiera, eres mi hombre de confianza y para tal magnitud del proyecto, te necesito a ti al frente, piénsalo bien puedes ganar mucho dinero

 – Juan se quedó sin habla, volver a Madrid, tengo que consultarlo con Elena. Ambos se quedaron en silencio, 

Madrid, ya se había acostumbrado a vivir en Sevilla, las niñas iban al colegio y tenían muy buenos amigos, pero al final decidieron hacerlo, para prosperar Juan y para que las niñas tuvieran más oportunidades de estudiar en Madrid.. Y así comenzó todo, de vuelta en Madrid, se instalaron en un piso, proporcionado por la empresa, en Núñez de Balboa, pleno barrio de Salamanca. Su escala social subió como la espuma, se codeaban con lo mejorcito de Madrid, las chicas ya adolescentes, se movían en la alta sociedad.  En esta época ya pasaron a llamarse Don Juan y Doña Elena, un próspero matrimonio, reconocido por todos. Elena quiso visitar a su familia, pero Don Matías ya había fallecido y nadie le avisó, su tía se encontraba en una residencia dirigida por religiosas, naturalmente, y su hermana simplemente había desaparecido. Supo por algunos amigos en común que se fue al extranjero. El abogado de la familia, le comunicó que su parte de la herencia estaba destinada a sus tres hijas, con lo cual Clara, Alba y Rocío pasaron a tener una posición muy cómoda, para vivir sin estrecheces. 

 Pasaron los años y las hermanas Ledesma se convirtieron en tres mujeres de armas tomar, tres bellezas que tenían enamorados a los jóvenes de medio Madrid. Clara la mayor, estudió Bellas Artes, era una bohemia, pintaba con un gusto exquisito e incluso hizo algunas exposiciones en Madrid, Cuenca y Barcelona. Sus cuadros se vendían muy bien y su éxito con los hombres era más que notorio. Se independizó de sus padres con veinticuatro años, con su pequeña fortuna compró un ático en Princesa, que decoró a su estilo, ya que también era su estudio de pintura. El olor a pinturas, oleos, acuarelas, inundaba la estancia, por aquel entonces su vida social estaba supeditada a su pintura, rodeada de artistas, poetas, cantautores, escritores y su vida sexual se basaba en relaciones esporádicas con alguno de estos personajes. Hasta que llegó él, Mateo, nada que ver con su mundo, era un policía de Albacete que llegó destinado a Nuevos Ministerios. Guapísimo, alto, deportista, y con el uniforme, resultaba irresistible. Lo conoció en una de sus exposiciones, había llegado como escolta y seguridad del Ministro de Educación y Cultura, que asistió a la inauguración de una sala museo, donde Clara tenía varias obras. La química surgió enseguida, sus miradas no se apartaban y una sonrisa, disimulada, ya que Mateo se encontraba de servicio, les acompañó durante toda la tarde. Mateo consiguió el número de teléfono de Clara, la llamó y quedaron a cenar, saltaban chispas en aquella cena, ella le invitó a su apartamento para enseñarle nuevas obras, ahí saltó la magia, una copa de vino blanco, los primeros besos, suaves, lentos y por último una pasión desatada, se acariciaron mutuamente, Mateo apretaba entre sus grandes manos los pechos de Clara y su boca mordía sus pezones haciéndola gemir de placer. Cuando llegó la penetración con ese pedazo de pene, ella temió desvanecerse, las embestidas eran brutales, ya no gemía, gritaba hasta el clímax. 

Comenzaron una relación, algo complicada, sus mundos eran completamente diferentes, pero su deseo sexual era tan fuerte que cualquier discrepancia la resolvían en la cama sin problema. ¿Era amor? O solo deseo. El caso es que eran felices de este modo. Pero como la felicidad no es para siempre y este relato no es un cuento, ocurrió lo que menos esperaban en sus vidas. En un atraco de la sucursal de Atocha de Banco Madrid, donde tenían rehenes dentro, Mateo de servicio esa mañana, acudió en el zeta con su compañero Abelardo, ambos se apostaron frente a la puerta del banco, pidiendo refuerzos, pero con la mala fortuna que un disparo le atravesó el cráneo. Muerte instantánea dijeron los forenses, en el acto, no puede ser, no se puede acabar con la vida de alguien en un segundo. Esto no me puede estar pasando a mí, decía Clara desconsolada, son cosas de película, fue horrible. Toda la familia Ledesma acudió al entierro y posterior traslado a Albacete para su incineración. Clara se sumió en una profunda depresión, dejó de pintar, y aunque sus hermanas no dejaban de visitarla y acompañarla, sus respectivos trabajos no les dejaban mucho tiempo más. Alba era abogada, trabajaba en un bufete de Abogados muy prestigios, todos eran hombres menos ella. La primera de su promoción, y aun así se veía obligada a demostrar cada día que era buena, muy buena, por ser mujer este detalle, incomodaba sobremanera a sus compañeros. Uno de ellos en concreto, Javier Martínez, le tenía una manía impresionante, o eso era lo que ella pensaba. En las reuniones le interrumpía constantemente, intentando se más locuaz, más resolutivo y más profesional que ella, la llamaba niña bien. Pues esta niña bien, tenía unos cojones como el caballo del espartero, y no había manera de dejarla debajo de nadie, creo que eso era lo que tanto atraía a Javier, le tenía loco…. En la cena de empresa de Navidad, en el hotel Villa Magna, cuando la vio aparecer, con aquel vestido rojo, ceñido al cuerpo, los hombros desnudos, marcando unos pechos de escándalo, y esa melena rubia, recogida a un lado, quedó tan impactado que casi no pudo cenar. Estaba acostumbrado a vela con traje pantalón oscuro en el despacho, zapatos planos, pelo recogido y gafas, que el impacto al ver esa bellísima mujer lo dejó sin palabras. 

 Aquella noche en la puerta, bebió mucho, incluso demasiado, sin apartar sus ojos llenos de deseo de Alba. Salió al baño a refrescarse y ella hizo lo propio, ambos coincidieron en la puerta, Javier la cogió del brazo y sin mediar palabra la besó, contra la pared apretaba su cuerpo que ella agradecía agarrándose a él con fuerza y acariciando su pelo, su nuca, fue un momento mágico. Volvieron a sus asientos como si nada hubiera pasado, esta vez tomaron agua fresquita e intentaron disimular todo lo posible. Mensaje en el móvil, Alba he reservado una habitación en el hotel, en cuanto podamos nos marchamos de la fiesta, te espero en la 104. Uff que hago, pensaba Alba, pues subir tonta, no dejes pasar la ocasión, está buenísimo y como besa, pura ambrosía. Así pasaron una noche de amor y sexo incomparable con otras relaciones que había tenido, Javier era un amante increíble, que le hizo sentir tanto placer, que apenas se podía mover al día siguiente. En el despacho disimulaban lo que podían, sin que nadie percibiese su relación, en el baño coincidían para darse algún beso que apenas evocaba los de aquella noche. Pero en una cafetería de Gran Vía, y como la vida es así de justa, reconoció en una mesa a un grupo de personas, entre los que se encontraba Javier, se acercó y sorpresa. La presentó como una compañera del bufete a sus suegros y a su novia, Elisa, una bella mujer, muy atractiva y simpática hasta decir basta. Alba no sabía dónde meterse, disimuló como pudo, estrechó la mano a todos y Elisa le plantó un par de besos y un abrazo, “tierra trágame”. Rocío Ledesma, la más pequeña, siempre fue la más díscola de las tres, en los ochenta, las discotecas, la ruta del bacalao, la movida madrileña, a todo iba y todo le gustaba, cuando digo todo es todo. Coqueteó con las drogas, con el amor libre, pasó un verano en una comuna hippy, y así no podría parar de enumerar sus hazañas veraniegas. Durante el invierno la obligaron a estudiar magisterio en el CEU, universidad privada para niños bien, en la cual no se sentía a gusto, para nada, con tantos pijos. A trancas y a barrancas consiguió terminar la carrera, el día de la graduación, se vistió hecha un cuadro, todos los chicos con traje y corbata, las señoritas con vestidos de fiesta a cual más bonito, algunos de diseñadores de reconocido prestigio. Pero Rocío no, ella se puso una falda larga de mil colores, un chaleco marrón con largos flecos que parecía de los indios comanches, sandalias planas, y su 6 maravilloso pelo suelto con dos trenzas a cada lado, liadas por una especie de tela también de colores, vamos que parecía la hija del jefe indio Jerónimo. Naturalmente provocó la risa de los asistentes, sus miradas y fue la mofa de la cena posterior a la graduación. Sus padres si pasaron mal rato, ya conocían sus excentricidades, pero llegar a esto. Sin embargo sus hermanas Clara y Alba no paraban de reír de abrazar a Rocío, era la pequeña y sentían por ella una especie de devoción, era libre hacía lo que sentía y no era esclava de convicciones sociales. Con la carrera ya terminada, pasó de preparar las oposiciones y se presentó voluntaria para un proyecto en la india de alfabetización a las niñas de la calle, le pareció la mejor manera de desarrollar su vocación de magisterio con niñas con problemas, en India nacer niña era una desgracia, el cuarenta por ciento de ellas ni siquiera llegaban a nacer, no como chicas mimada del barrio de salamanca. 

 Y así lo hizo marcho hacia la India, a un lugar llamado Jaipur, La Ciudad Rosa. En pleno mes de Mayo y con una temperatura de 48,5 grados, la adaptación resultó un poco difícil. Se instaló en la misma fundación, un colegio que también era un albergue para niñas de la calle, tenían un aledaño con una casita muy pequeña, tan solo una estancia con salón cocina y dormitorio, el aseo fuera en un rinconcito. Ella que venía de un chalet enorme con piscina en Las Rozas, el cambio fue bastante significativo. Como todo en la vida, los primeros días entre el idioma, el calor y el tipo de comida, llegó a desanimarla, cayó enferma con unos vómitos y unas diarreas que le hicieron dudar más de una vez si volver a Madrid. Aguantó más por orgullo que por otra cosa, se recuperó y comenzó a visitar la ciudad, nunca había visto algo tan bello, El Palacio de los Vientos, Mubarak Mahal, Palacio de la ciudad, La Mezquita Jama Masjid, y así recorriendo la ciudad se disiparon todas sus dudas de continuar en Jaipur. Comenzó a conocer a las niñas, algunas sin familia alguna o que habían huido de un matrimonio concertado con algún familiar mucho mayores que ellas. Pobrecitas, se quejaba Rocío de su vida, ahora entendía lo afortunada que era con su familia y su vida acomodada. Aunque había discutido con sus padres hermanas en infinidad de veces, nada era comparable a lo que estas niñas tenían que haber pasado. Se fijó en una en concreto, Anjali, una preciosa niña con unos ojos que reflejaban tanto miedo, se acercó a ella y la abrazó, sin mediar palabra, pero Anjali comprendió que esa Sahiba (señorita) la iba a proteger. 

Tenía once años cuando su padre la prometió a un próspero viudo de cuarenta, la niña asustada escapó de su casa en un pueblo de las montañas, durante el trayecto debieron violarla, pero no quiere contar esa historia, el caso es que llegó hasta la fundación y la recogieron en el colegio, todavía atemorizada de miedo, no se relacionaba con las demás niñas, suponemos que se sentía avergonzada, y permanecía en un rinconcito, como un gatito asustado, sin moverse. Para Rocío fue su primer reto, sacar a Angeli de ese dolor y que volviese a sonreír, después ya aprendería a leer. Y esa niña fue la primera de muchas otras, que llegarían al colegio con historias similares, e incluso peores. Así transcurría la vida de las hermanas Ledesma, hasta que un fatídico día recibieron una llamada telefónica, era de su casa en Madrid, Don Juan estaba hospitalizado en estado grave. Clara y Alba enseguida acudieron al Ramón y Cajal, decidieron ante la gravedad de su padre, llamar a Rocío, ésta cogió el primer avión y después de un viaje agotador, se reunió con sus hermanas en el hospital. Doña Elena permanecía en casa acompañada del servicio, y sus tres hijas en la sala de espera de la UCI, esperando noticias de su padre. Allí volvieron a reencontrarse, a llorar, a recordar su niñez y juventud juntas, toda una vida, tantas cosas buenas y cuantas cosas malas. De todas ellas se aprende algo. Rocío miraba por la ventana del hospital, cuando vio sobrevolar un pájaro negro que le heló el corazón, mal augurio pensó. Esa misma tarde Don Juan Ledesma falleció. Al menos las tres hijas y su madre habían podido despedirse de él, el entierro fue multitudinario, entre los trabajadores de la empresa, amistades y la familia venida desde Cuenca, se sintieron completamente arropadas. Ninguna de las hijas quiso trabajar en la constructora, cada una eligió su camino, pero ahora había que tomar decisiones, Construcciones Ledesma, era su legado. Sin más tiempo para decidirlo, tomaron las riendas de la empresa, sobre todo Alba, que al ser abogada era la más preparada para ello, Clara y Rocío acompañaron a su hermana en la toma de posesión como presidenta de la sociedad, mientras ellas fueron elegidas por el consejo como vicepresidentas. Hubo que ponerse al día, en una empresa formada por hombres, ya de cierta edad, que las habían visto crecer y que no toleraban esa autoridad. Todos pensaban que la presidencia de la sociedad recaería, en caso de faltar Don Juan, en su hombre de confianza, Don Ernesto ya que era el más antiguo en la empresa y conocía desde abajo todo el entramado societario de la misma. Ni que decir tiene, que no fueron bien recibidas, las consideraron como intrusas, hijas de papá, que no tenían ni idea de gestionar semejante holding. 8 Alba tuvo que estudiar mucho, se quedaba hasta tarde en el despacho de su padre, viendo papeles, más papeles , el ordenador personal. etc… Pero Don Juan no era tonto, por algo había llegado tan lejos, dejó a su secretaria de toda la vida, María Jesús, totalmente informada, de lo que hacer en caso de que a él le ocurriera algo. Y así fue, cuatro mujeres al frente de una empresa de hombres, en un mundo de hombres al que se enfrentaron sin dudar. Al poco tiempo también falleció su madre Doña Elena, hacía tiempo que padecía un cáncer, del que no había hablado con nadie, ni con sus hijas. Otro duelo para la familia, otra pérdida que asumir, otro decir adiós. Volvieron a reunirse con toda la empresa en el sepelio, todo eran muestras de afecto y consuelo, falsos…. Rocío se puso en contacto con una agencia de adopción en India, quería, por todos los medios, traer a España a Angeli, aunque estaba al cuidado de las monjas mientras ella regresó a casa, no podía dejar de pensar en la niña, lo habló con sus hermanas y decidió adoptarla. Fue un proceso largo y costoso, pero su parte de la herencia la empleó para traer a la niña, así fue como las tres hermanas Ledesma se convirtieron en cuatro con la llegada de Angeli. Al principio no fue fácil la adaptación, el idioma, pero todas unidas consiguieron que la niña se integrara. Clara y Alba, seguían al frente de la empresa, con mil problemas y enfrentamientos diarios con Ernesto Soriano, que pesadilla de hombre, machista, mal educado y violento. Una tarde ya anocheciendo le pidió una reunión a Alba, quería hablar con ella de un asunto, algún problema en la obras de Mallorca, entró en el despacho sin llamar, y comenzó a discutir con ella. Ya no quedaba nadie en las oficinas, era demasiado tarde y Ernesto lo sabía. La insultó, menospreció y humilló, claro que Alba no se quedó quieta, también le dijo lo suyo, el tono de voz era cada vez mayor, entonces la besó, la besó con tanta furia que le hizo sangrar el labio, ella se defendía como podía, apartando la cara, le agarró los pechos con tanta fuerza que le hizo gemir de dolor, intentaba apartarse empujando, pero Ernesto era demasiado fuerte, y la pobre Alba solo repetía no, no, no, estás loco? la agarró por el cuello, con los ojos inyectados en sangre y una furia desmedida, intentaba ahogarla, pero Alba pudo alcanzar una figura de mármol que tenía su padre en el escritorio y le asestó un golpe en la cabeza que le hizo dejar de apretar el cuello de Alba y caer al suelo, no se movía y la sangre brotaba de su cabeza como un pequeño riachuelo. Casi no podía respirar, asustada aterrorizada, sólo acertó a llamar a sus hermanas – Socorro, venid por favor, ha pasado algo muy grave- es lo único que acertó a decir entre sollozos. 9 Reunidas las tres, cogieron el pulso a Don Ernesto y se dieron cuenta de que estaba muerto. Clara la mayor, enseguida quiso llamar a seguridad y a la policía pero Rocío dijo que de ninguna manera, había que mantener la cabeza fría y pensar. Era un malnacido, que merecía lo que le había pasado, un hombre de unos 55 años, divorciado dos o tres veces, con varios hijos de los que no se ocupaba, putero y mujeriego, les dijo Rocío. Sus hermanas con la boca abierta no entendían como Rocío sabía tantas cosas de Ernesto, pero siguieron atentas a lo que la pequeña de los Ledesma les contaba. - Mirad, vamos a pensar, no hay nadie en el edificio, solo el de seguridad que está por la nave, este tío ya no tiene nada que perder, incluso sus hijos podrán cobrar la pensión de orfandad y heredar los bienes de su padre, hermana tú tienes una vida por delante, no puedes ahora cargar con este marrón, piénsalo, habrá detención policial, interrogatorio, un juicio, posterior condena, señalada en todo Madrid, prensa, televisión, ¿estás dispuesta a pasar por todo ello?- Esta conversación la valoraron las tres muy en serio, Alba apenas, podía pensar, no dejaba de llorar por lo tanto sus hermanas tomaron la iniciativa. - Envolveremos el cuerpo de este desgraciado en plástico de los pintores, para que no manche, limpiaremos el despacho con lejía, que no quede rastro de sangre, lo metemos en el maletero del coche y camino a la finca antes que amanezca.- Así lo hicieron y se marcharon las tres en el coche todo terreno de Rocío, para la finca, situada a las afueras de Madrid. Allí sus padres pasaban largas temporadas, dando paseos por el campo, organizando comidas con los amigos y allí fueron muy felices. Buscaron un sitio discreto y alejado de la casa principal, cavaron un hoyo, metieron el cuerpo dentro y encima cal que habían encontrado en el cobertizo y debería deshacer el cuerpo, taparon el hoyo y finito. Temblaban, lloraban, estaban muertas de miedo, pero habían hecho lo correcto. Eran ya las tres de la mañana, tomaron una ducha en la casa, y unas copas para atemperar su ánimo, pasaron allí la noche, ya que era viernes y el sábado no se trabaja, además Angeli quedó al cuidado de Manuela, la chica que cuidaba de la casa y ayudaba a Rocío con la niña, le dijo que tenía una reunión en la empresa y que tardaría en volver. De momento parecía el plan perfecto, nadie sospecharía de ellas, cuando denunciaran la desaparición de Ernesto. 

 Regresaron a la empresa, intentando aparentar normalidad, los otros trabajadores preguntaban por Ernesto, pero al no verlo supusieron que estaría de viaje con alguna amante en el extranjero, cosa habitual en él. Pasó el primer mes, y una mañana del mes de Octubre, Alba recibe una visita, era la inspectora de policía Rabadán, como ella misma se identificó, la vecina de Ernesto soriano acudió a comisaría para comentarles que no oía ruido en la casa de al lado y que no veía a su vecino hace tiempo, tenía un recalo en la cocina, llamó a su seguro del hogar y no localizaba a Ernesto para poder ver la causa. Llamaron a sus familiares, con los cuales no tenía trato ninguno y naturalmente acudieron a su puesto de trabajo. Alba armada de valor y sangra fría le contó a la inspectora que era habitual en él desparecer con alguna mujer y viajar al extranjero, la policía parece que quedó satisfecha, pero notó algo, no sé, llamémosle intuición policial, y dijo que seguiría buscando ya que no contestaba al teléfono móvil, y si en el plazo de treinta días seguían sin tener noticias, lo pasarían a la base de datos donde figuran las personas desaparecidas. El corazón se le salía del pecho a la pobre Alba, llamó a sus hermanas y les contó lo ocurrido, era normal y esperable, una persona no se esfuma así como asi. No tenía movimientos con ninguna de sus tarjetas bancarias, ni en el aeropuerto ni en ningún hotel, se enredaba el dedo en los rizos de su pelo la inspectora, gesto que solía hacer cuando algo no le olía bien y estaba pensando. Marta Rabadán, una chica atractiva con una bonita melena rizada, vestida con vaqueros, bomber y botas militares, poco arreglada pero cómoda para el trabajo. Aprobó las oposiciones a la primera, fue la nota más alta en su promoción, salió de la Academia de Ávila con honores, vamos una cerebrito. Hizo las prácticas en Madrid y allí pidió destino en la Comisaría Central, en la unidad de desaparecidos, era algo que le fascinaba desde niña, encontrar a personas que de la noche a la mañana desaparecen sin dejar rastro, bien por voluntad propia, como con ayuda de terceros que era lo más habitual. Algo había que no encajaba en esta historia, tres meses sin saber nada de Ernesto Soriano, cierto es que era un crápula, con pocos amigos sin relación con su familia, con varias ex y varios hijos que ni conocía, y todos ellos beneficiaría su muerte, ya que podrían cobrar la pensión de orfandad los niños que tenía reconocidos, su primera mujer la pensión de viudedad y heredar todos los bienes que no eran pocos, disponía de varios pisos en Madrid, diez plazas de garaje en el centro y un apartamento en la playa en Oropesa del Mar. Dinero en efectivo que comprobaron en el banco, unos dos millones de euros, pecata minuta. Su primera mujer Amaia y sus dos hijos denunciaron la desaparición de su padre, aconsejados por su abogado. 11 Marta ya tenía base para iniciar una investigación en regla, localizaron el coche de Ernesto aparcado por detrás de la nave de la empresa que tenían en el polígono industrial, en un rincón, lleno de polvo pero en buenas condiciones. Llegaron los de la científica para hacer la inspección ocular, toma de huellas o de cualquier otra cosa que ayudara a la investigación. Y vuelta a preguntar en la empresa, quien lo había visto por última vez, si notaron algo raro en él, que si conocían con quien salía últimamente, etc.. Hasta que a Mónica, de personal, se le ocurrió la feliz idea de comentar a la inspectora Rabadán que no se llevaba nada bien con las hermanas Ledesma, ya que quería a toda consta ser presidente de la compañía. Una bombilla se encendió en la cabecita de Marta y comenzó a tejer una posible desaparición involuntaria. La crisis del ladrillo comenzaba a golpear duro en España, la burbuja inmobiliaria sumió en una profunda pérdida de dinero en la Constructora Ledesma y como unas fichas de dominó fueron cayendo las distintas empresas que formaban una de las compañía más importante de Madrid. La policía no tenía nada de que tirar y poco a poco fueron dejando el caso, un poco apartado ya que a la Comisaría Central llegaban investigaciones mucho más importantes. Rocío regresó a Jaipur con Anjeli, ya habían establecido un plan las hermanas Ledesma, Clara y Alba continuarían en Madrid hasta liquidar las empresas, vender el chalet de las Rozas, por mucho menos de su valor, la finca con el cadáver de Ernesto enterrado en ella, pagaron las deudas e hicieron las maletas destino Jaipur con Rocío. Allí compraron una casa a las afueras muy grande, había sido un palacio, con grandes jardines, un estanque de agua. La edificación era en tonos rosados y la paz y la tranquilidad reinaban por doquier. En ese lugar tan majestuoso decidieron abrir un hogar para niñas de la India, abandonadas al nacer, abandonadas en las calles, asesinadas….Había tanto que hacer. Contactaron con varia Ongs, hasta que conocieron al Padre Ferrer, así comenzó la mejor de las empresas que jamás crearon en sus vidas. La Casa Rosada, una especie de residencia, orfanato, escuela y pequeño hospital, donde unas doscientas niñas, muchas de ellas bebés recién nacidas, y las cuidaban y protegían de asesinos, violadores o de sus propias familias que al nacer niñas, las mataban. En cierto modo Anjeli trajo a sus vidas esta preocupación y Vicente Ferrer esa pasión por hacer que esas niñas tuvieran una oportunidad.  

En realidad tanto trabajo de sol a sol, extenuaba tanto que olvidaron por completo lo acontecido en Madrid y la siguiente reflexión, es igual de difícil luchar para abrirte camino como mujer en cualquier parte del mundo. Tuvieron muchos problemas con la Junta Directiva, los bancos los contratos en su Compañía y ahora era igual de difícil negociar con las autoridades indias, permisos, visados, legalizar a esas niñas sin padres, denunciar lo que ocurría con ellas, más y más obstáculos, pero tenían trabajando con ellas a un indio llamado Nihal, feliz, contento, en india todos los nombres tienen un significado y así era un hombre maravillo que les ayudaba en la Casa Rosada, conducía, conocía la ciudad como nadie, hacía las compras, y les traducía todo lo que ellas necesitaban. Nihal llegó a la casa con dos bebés entre sus brazos, una gemelas de una aldea cercana que sus padre no quería, las robó y salió huyendo con las bebés hasta Jaipur, allí le hablaron de las hermanas Ledesma y llegó hasta ellas. Con el tiempo Nihal se convirtió en su hombre de confianza, siempre sonriente, de ahí su nombre. Pasaron los años rápidamente, no había mucho tiempo libre con tantas niñas que atender, consiguieron financiación a través de Cáritas y Unicef, con el dinero que trajeron de España pudieron vivir y mantener la casa rosada muchos años. La muerte de Ernesto Soriano, nunca volvió a ser tema de conversación, la policía española no volvió a molestarlas y menos ahora que se habían convertido en unas heroínas, les hicieron varios reportajes tanto periodísticos como de televisión, que tuvieron difusión en el mundo entero. Quizá así las hijas de Elena vivieron felices a su manera, con sus niñas milagro como ellas las llamaban y sin el fantasma de Ernesto detrás y las sospechas de la policía. Anjeli se hizo mayor y enfermera, ayudaba al médico que visitaba la casa con las niñas enfermas, era preciosa, con unos ojos negros que el doctor Jhon, venido desde Estados Unidos, quedaba fascinado. Con el tiempo la fascinación se convirtió en amor, juntos se ocuparon del pequeño hospital que tenían instalado en la casa. Cuatro mujeres valientes, cuatro mujeres arriesgadas, cuatro mujeres libres. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

MURIENDO EN VIDA.

UNA SILLA VACÍA

AQUELLA MOTO ME PERDIÓ.